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Qué son las fake news: la punta del iceberg de la desinformación

Alrededor del 80% de la población española asegura haber recibido fake news sobre la pandemia. El porcentaje es notablemente elevado pero hay que tener en cuenta que para afirmar que se ha recibido una información falsa es necesario haberla reconocido previamente como falsa. Esto quiere decir que, posiblemente, la casi totalidad de la población hemos recibido algún bulo relacionado con la Covid-19. Sin embargo, las fake news son solo la parte más visible de la desinformación, un iceberg que va a la deriva. Te contamos lo contamos en este post.

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Índice de contenidos

Fake news y desinformación, las palabras del año

En 2017, “fake news” fue elegido término del año por el diccionario Collins. 

A comienzos de este siglo, el término empezó a usarse con cierta frecuencia porque cada vez era más evidente que nos enfrentábamos a un serio problema en el manejo de la información.

Un problema que tenía que ver tanto con la cantidad como con la calidad de la información. No era solo que Internet hubiera multiplicado hasta lo inimaginable la producción y circulación de información. Era también que los medios de comunicación tradicionales estaban en crisis y la confianza en los mismos caía en picado.

Pero fue durante la campaña electoral a la presidencia de EEUU celebrada en 2016 cuando el uso de esta expresión se popularizó cuando Donal Trump usó la expresión como un actor que usa una catchphrase. La repitió sin cesar para acusar de falsedad a cada medio de comunicación que publicaba una información que estuviera en su contra. La repitió en entrevistas, en mítines y, por supuesto, en Twitter.

Entre 2016 y 2017, el uso del término fake news aumentó un 365%. 

Completando la definición de fake news

La definición que el diccionario Collins recogió: información falsa, en ocasiones sensacionalista, difundida como si fuera información periodística (“false, often sensational, information disseminated under the guise of news reporting”). Desde entonces, se han ido apuntando elementos nuevos que completan esta definición.

Intencionalidad: las fake news son el medio para un fin

El equivalente en castellano de fake news es “bulo”. La RAE lo define como “noticia falsa propagada con algún fin” . Se añade así una característica clave de las fake news: la intencionalidad. No se trata simplemente de informaciones falsas que van por la vida disfrazadas de reportajes fiables. Se trata de información fabricada y difundida con la intención de conseguir un fin determinado.

Ese fin puede ser diverso. Se puede pretender tan solo conseguir dinero ganando clics a partir de titulares falsos pero muy llamativos. El objetivo puede ser desacreditar a un partido político rival para enemistarlo con sus simpatizantes.

Las fake news pueden formar parte también de estrategias geopolíticas como parte de una guerra de la información de la que participan todos aquellos países con medios para hacerlo.

Lo online: Vertical vs. horizontal (h3)

First Draft es una iniciativa privada dedicada al análisis de la desinformación. Señalan otro elemento propio de las fake news: se crean y se difunden en el contexto online.

Hasta la llegada de internet y las redes sociales, la información se ajustaba a un modelo de broadcasting. Los medios de comunicación elaboraban y difundían la información. La audiencia nos limitábamos a consumirla y a comentarla durante el café o esperando la salida de la chiquillada a la puerta del colegio.

Pero el 2.0, y posteriores, han cambiado este modelo completamente. Ahora, prácticamente cualquiera puede fabricar su propia noticia falsa y, sobre todo, podemos participar en la circulación de los contenidos.

Si la antena desde la que emiten las televisiones o las radios, se alza vertical, el wifi nos permite compartir un mismo plano horizontal.

Obviedad: las fake news no lo son hasta que lo son

Lo online no solo implica horizontalidad. Significa también que las fake news necesitan para serlo de todo lo que la comunicación digital supone. Es decir, un bulo, para poder ser definido como tal, necesita acumular visitas, likes y ser compartido. Precisa también de una reacción opuesta. No basta con que el contenido circule entre cuentas que lo consideren veraz. Debe despertar la desconfianza, la crítica y la polémica.

El contenido falso acabará convertido definitivamente en fake news cuando sea contrastado y sea señalado como tal. Un bulo lo será cuando alguien, con pruebas, lo etiquete. El emperador va vestido hasta que el niño lo señala con su dedo y le grita a la multitud que va desnudo. 

El gigantesco iceberg de la desinformación

Los elementos que en los párrafos anteriores se han ido sumando a la definición inicial de fake news nos permiten empezar a entrever la complejidad del problema que enfrentamos.

La cantidad de circunstancias que entran en juego se ramifican desde la geopolítica a la psicología, pasando por los algoritmos que rigen el funcionamiento de las redes sociales o la brecha digital. 

Los sesgos de conocimiento nos llevan a desoír toda información que nos cuestione nuestras creencias y a creer a pies juntillas todo lo que nos dé la razón. Los algoritmos privilegian los contenidos negativos porque la polémica crea más engagement y nos encierran en una burbuja donde consumismo siempre el mismo tipo de contenido. La brecha digital deja a buena parte de la ciudadanía fuera de los lugares donde ahora se produce la conversación pública.

Aceptar esta complejidad nos lleva a ampliar el foco. Y es desde esa visión de conjunto desde la que se puede empezar a entender las dinámicas de desinformación que nos amenazan. 

No somos el Titanic

En el I Estudio sobre el Impacto de las Fake News en España, el 30% de las personas entrevistadas afirmaron que las informaciones falsas les habían causado discusiones con familiares o amistades. No es lo peor que nos podría pasar pero los problemas de convivencia tampoco deben ser minusvalorados.

Según un eurobarómetro realizado antes de la pandemia, el 83% de la población de la UE identificaba la desinformación como un “peligro para la democracia». 

La pandemia ha sido, además, un momento en el que todos los elementos de la desinformaciones se han agudizado. También sus efectos. La circulación de información falsa y el envalentonamiento de las teorías de la conspiración han puesto, y ponen, en riesgo la salud colectiva.

Pero entre tanta cifra también hay datos para la esperanza. Según un estudio realizado por el grupo Digilab, en abril de 2020, titulado «El consumo de información durante el confinamiento por el coronavirus» el 73,5% de las personas encuestadas dijo comprobar las informaciones que les resultaban dudosas.

Y si internet y las redes sociales son parte del problema, también lo pueden ser de la solución. El espíritu con el que nació la red fue el de compartir conocimiento y el de crearlo conjuntamente. Son muchas las iniciativas que recuperan el trabajo en comunidad para luchar contra la desinformación. La comunidad siempre ha sido un valor en internet y ahora es más necesaria que nunca. 

Cada vez conocemos mejor el problema y cada vez son más las soluciones con las que contamos.

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